LUCAS POSADA G., ENTRE SU VIDA Y EL MITO

 


Mientras más pasa el tiempo y más creemos saber menos logramos certezas, tanto en el pensamiento y el arte, como en la ciencia y la tecnología.  Es como si el conocimiento sirviera más para desconcertar que para aclarar y para orientar.  Atrás queda el ideal del proyecto moderno que buscaba en el conocimiento la herramienta para el dominio del mundo; ese espacio oscuro al que se llama postmodernidad, en cambio, hace patente el fracaso de dicho proyecto.  Sólo por citar el más evidente de los ejemplos, la tecnología parece apuntar más a obtener si no la aniquilación de la vida en el planeta entero, por lo menos si la mayoría de la biodiversidad y por supuesto la de la especie que la creó.  La idea sin embargo era que dicha tecnología debía apuntar hacia la creación de bienestar y equilibrio, no de deterioro y caos.
En algún punto estamos obligados a encontrar un desarreglo que explique el desfase entre el proyecto y su ejecución. Será simplemente que la misión del hombre es algo así como un agente entrópico que genera ineluctablemente la muerte y la desarmonía entre los demás seres de la creación?  Algunos solemos pensar así, otros como el pintor que hoy nos ocupa, Lucas, se resisten a creerlo con todas sus fuerzas a pesar de la evidencia.
Es como si Lucas propusiera a través de sus pinturas un otear en la me²mo²ria oculta de la humanidad para buscar el origen de ese descase, de esa ruptura con la naturaleza y recuperar el sentido nutriéndose del mito, signo de tal me²mo²ria.
Para Lucas el hombre hace parte integral del universo, es de los que creen que una mariposa que aletea en Australia repercute en nuestra vida de la nunca apacible Bogotá.  El es uno de esos tipos que posee algo de divino, porque algo comparte con el creador, como si hubiera un todo del que es parte y ese todo tuviera un orden.
Así nos parece este pintor y así también vemos sus pinturas.  En ellas hay partes y hay un todo.  Pero las partes no pertenecen a un lugar específico del todo sino que juegan muchos papeles dentro de éste porque pertenecen a otro todo diferente del primero y ambos pertenecen a otro más amplio aún, en una especie de progresión ascendente que pretendiera ver lo uno en lo múltiple sin que lo múltiple dejará de serlo.  No es nuestro interés perdernos en galimatías escolásticas que nos desbordan, pero es allá donde arrojan al espectador las pinturas de Lukas, a un laberinto entre el todo y las partes.
El busca lo primigenio de la especie, se hunde como en arena movediza en los mitos de la humanidad y los signos que los encarnan para nutrirse de ellos, para hacerlos su propia vida mientras pinta y así hacerse partícipe de ese orden en que cree.
En esta exposición habrá imágenes crudas, directas, que amenazarían con ofender alguna sensibilidad demasiado tierna.  Cuando toca el motivo del andrógino por ejemplo, al menos así preocupa al autor, pero tal riesgo se desvanece por el tono poético que asume su trabajo, el hecho pictórico se afirma de tal manera que hace valer sus licencias disolviendo cualquier impacto obsceno.
Lucas suele pintar con colores muy fuertes sobre negro cerrado; rompiendo estruendosamente con sus impastes de color esa nada vacía del principio.  Es la oscuridad enigmática pero callada la que perturba con la aparente anarquía de colores en la que tan sólo después de un tiempo se descubre el orden subyacente.  No existe entonces azar al relacionar su manera de pintar nuevamente con los mitos sobre el origen de las cosas.
Es allí donde su trabajo resulta más coherente, más seguro. Sus pinturas se parecen mucho a él; es ese el único criterio válido que nos queda para juzgar una obra de arte ( si es que hay que juzgarla, cosa de la que dudamos cada vez más ) y es que esté conforme con su propia verdad que es también la verdad de su autor.  En este caso obra y pintor se corresponden el uno al otro y allí radica su mayor fuerza.  Aunque el pintor no debe creerlo así, lo intuímos, para ser coherente consigo mismo pensaría que esta fuerza se funda en su armonía con el cosmos.

María Clara Martínez Rivera
coincidentia oppositorum o el misterio de la totalidad: Androginia
Bogotá, Julio de 1996